
MEXICO CITY — Morena enfrenta uno de sus movimientos internos más delicados desde la llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia. La posible salida de Luisa María Alcalde de la dirigencia nacional del partido no solo abre una vacante de alto peso político, sino que también reordena las fuerzas internas rumbo a las elecciones de 2027 y la sucesión presidencial de 2030.
Alcalde llegó a la presidencia de Morena con una trayectoria poco común para una figura de apenas 38 años. Fue secretaria de Gobernación, secretaria del Trabajo, diputada federal, fundadora del movimiento y dirigente del partido más grande de América Latina. Hasta ahora, su carrera había sido una secuencia de ascensos rápidos, sin un retroceso visible en el camino.
Por eso, su posible traslado a la Consejería Jurídica del gobierno federal es leído por varios sectores como un movimiento de doble filo. Oficialmente, puede presentarse como un reconocimiento a su trayectoria y una incorporación al equipo cercano de Sheinbaum. Pero políticamente también marca una salida anticipada de una posición clave, justo antes de que Morena entre en la etapa decisiva de selección de candidaturas para 2027.
La propia Alcalde declaró sentirse honrada por la propuesta presidencial, aunque pidió tiempo para pensarlo. Esa frase encendió lecturas dentro del círculo político, porque en la tradición no escrita del poder mexicano, una invitación directa de la presidenta rara vez se responde con dudas públicas. Para sus críticos, fue una señal de incomodidad. Para sus defensores, simplemente una reacción humana ante una decisión que puede modificar todo su futuro político.
El movimiento también podría golpear a Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador, si se confirma su salida del mando partidista. A diferencia de Alcalde, no hay señales claras de que vaya a recibir un cargo dentro del gabinete. Eso abre la posibilidad de que tenga que regresar al trabajo territorial en Tabasco y reconstruir desde ahí una ruta política propia.
El nombre que empieza a tomar fuerza para encabezar Morena es Ariadna Montiel, actual secretaria de Bienestar. Su perfil es especialmente sensible porque controla una de las áreas más importantes del gobierno federal: los programas sociales. Sheinbaum ya dejó claro que cualquier funcionario que busque una posición partidista o electoral deberá dejar el gobierno, y que los programas de bienestar deben permanecer completamente blindados de la operación política.
Si Montiel llega a la dirigencia nacional, el impacto podría sentirse con especial fuerza en Chihuahua. Allí mantiene influencia política y su equipo ha sido asociado con Cruz Pérez Cuéllar, alcalde de Ciudad Juárez. Eso podría complicar el camino de Andrea Chávez, una de las figuras más visibles de Morena en el estado y posible aspirante a la gubernatura.
La disputa no se reduce a nombres. Morena se prepara para definir candidaturas en 17 estados en 2027, y aunque el partido insiste en que las encuestas son el mecanismo principal, dentro de la política mexicana todos entienden que también pesan los equilibrios internos, el género, la percepción pública y la relación con los grupos de poder.
Por ahora, el futuro inmediato depende de la decisión final de Luisa María Alcalde y del proceso que active el Consejo Nacional de Morena. Pero el mensaje político ya quedó instalado: el partido gobernante está entrando en una nueva etapa de ajustes, lealtades y disputas internas. Lo que parece un simple cambio administrativo podría terminar definiendo quiénes avanzan, quiénes quedan debilitados y quién tendrá control real sobre la maquinaria electoral más poderosa de México.